Hace como 3 años que no me consentía con media docena de tacos sudados, con la salsa en el frasco atado a la bici y un Jarritos de tamarindo

Joaquín López-Dóriga (@lopezdoriga  I   Periodista

Nuevo Laredo Tamaulipas, México

“Pequeño manual para la vida”

plus ultra

Pérez
Ávila

No sé usted, pero a mí me fastidia leer sobre lo mismo todos los días, cuando, por obligación, leo a quienes están involucrados en éste oficio tan apasionante de puntualizar la opinión, de manifestarnos en letras de molde.
Por eso, como a usted le consta, margino el asunto del día, asumiendo como una impostergable necesidad, el deber de tocar tópicos del todo desligados del quehacer político.
Es difícil de aceptar, pero ayer me pasé largos 25 minutos, tratando de dar con el dato interesante, mediante el cual pudiera ocuparme del proceso electoral sin menoscabo de un propósito personal, que ya he confesado con anterioridad. Procuro la amenidad, sobre la sobriedad que conlleva ocuparse de cuestiones de trascendencia.
Nada tiene más importancia para mí, que el lector. A él me debo. Si tengo algún valor en el mercado editorial, es por la preferencia, así sea secundaria, que me confiere el lector.  
Por el interés del lector, tengo constancia de mi aceptación en Victorville, lo cual no ocurre en Nuevo Laredo, donde radico. En la ex-bucólica capital tamaulipeca, desdeñosamente calificada por doña Leticia, como “una ciudad de cotorras”, cuando su esposo Emilio le hizo saber que tendría que dejar la Ciudad de México, porque “el presidente lo mandaba de gobernador a Tamaulipas”; en la sede de los poderes políticos estaduales, la agradable Jéssicca, toma nota de los llamados telefónicos de quienes indagan por mí, después de leer alguno de mis apuntes en El Expreso.
En Nuevo Laredo, que yo sepa, no hay quien le dedique algo de su tiempo, a lo que en Cotorrotown es algo habitual.
Alguna vez llegué a decir que, en mi oficio de comunicador, se me concede más importancia en Ciudad Victoria, debido a la característica de Nuevo Laredo, con su catadura de ciudad Saturno, esa proclividad chusca a la par que innegable, de abrirle los brazos, y también las piernas, a lo foráneo.
Pudiera tener el dejo de la queja lo estipulado, por lo cual es necesario recalcarlo: no hay un adarme de disgusto dictado por la susceptibilidad, tan propia y, a la vez, tan negada, de todos cuantos disponemos de espacios para manifestarnos. Es una llana descripción, a currento cálamo, de cómo es la ciudad tórrida, donde vimos la luz primera.   
Sería de muy mala leche no reconocer, en muchos de quienes llegaron a Nuevo Laredo en busca de renovadas oportunidades, su valiosa aportación para enriquecer el acervo cultural de la ciudad, con su erudición, su capacidad de docencia y su amor por México.   
Constituye una injusticia negarles su real valor, esos créditos con los cuales arribaron, y los timbres de su prosapia intelectual.
Se han sumado, con sus costumbres y tradiciones a las nuestras, al grado de que, casi todos, se desenvuelven con la característica proverbial del norteño: su franqueza y su sencillez.
Auténticos o no, oriundos o arraigados, todos comparten una tendencia, así practiquen distintas creencias o tengan diferente opciones: están de acuerdo en el derecho a disentir y a sostener opiniones contrarias.
Pocos saben de la existencia de un padre, sabio en su sencillez, H. Jackson Brown, quien se entretuvo en sus retos de ocio, redactando una lista de consejos para su hijo, uno de los cuales merece la atención de servirle de corolario a los apuntes de hoy:
“Recuerda que no hay ser humano, al que no conmueva la bondad”.
Quizá la ciudad Saturno, aspira a sacudir a todo el que llega, con su natural despliegue de magnanimidad, ésa, su acreditada virtud filantrópica. Porque, aun sosteniendo idiosincrasias idílicas, todos pensamos igual.

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