Hace como 3 años que no me consentía con media docena de tacos sudados, con la salsa en el frasco atado a la bici y un Jarritos de tamarindo

Joaquín López-Dóriga (@lopezdoriga  I   Periodista

Nuevo Laredo Tamaulipas, México

De adivinos y curanderos

no  pasa  nada

Senén
Eros

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De adivinos y curanderos, está lleno el mundo. Pero hay personajes que traspasan el tiempo y la geografía y brotan de pronto en alguna platica de los abuelos. Por cierto, nuestro personaje fue muy conocido: El “Niño Fidencio”.
Este era un curandero famoso de su tiempo y, claro, vivió la paradoja de ser ignorado por muchos y venerado por una cauda de desamparados que no tenían ni dinero ni más esperanza que él.
Murió de cansancio, de agotamiento. La multitud que iba hasta Espinazo, Nuevo León, aquí cerca de Nuevo Laredo, lo asediaba, no le daba tregua, ni él era lo suficientemente enérgico para darse una tregua. Desde que había llegado a ese lugar en 1921, decidió que ahí se quedaría, así, despues de una larguísima caminata de años, ya no se movió más. Ahí está todavía en una austera tumba, junto a un templo amontonado con decoración popular a más no poder. Ahí quedó su modesta recámara, y ahí se le venera pero... no falta quien viva a costillas de su memoria.
Se ha creado una iglesia Fidencista Cristiana. Su sede está en Monterrey.
De sus 600 ministros, cada semana va uno a decir misa a Espinazo y un grupo de curanderos lo acompañan para atender -por módico precio- a la gente que acude en busca de “sanación”. Son los llamados “cajitas” o seguidores de sus terapias.
Después de dos horas y media desde Nuevo Laredo, llegué a Espinazo, N.L. “El pueblo del Niño Fidencio”, dice ahí en un letrero.
Bien pegadito, pero tangencialmente, hay otro Espinazo, Coahuila. Uno es del municipio de Minas y el otro es de Castaños. Antes sólo se podía ir en tren por la vía que va a Monclova y a Laredo, desde Monterrey, hoy se puede viajar en coche.
Frente al templo “principal” hay una pileta de agua muy obscura, Era donde se bañaban los enfermos, nos dicen. Creemos que era sulfurosa, porque esta agua abunda en la región.
La zona es áspera en muchos sentidos, menos en lo que se refiere a la hospitalidad de sus habitantes, quienes están imbuidos de la tradicional cordialidad norteña. Los de Espinazo también son así.
Sin embargo hay una clara excepción: se trata de un grupo de personajes de mediana edad, que a media mañana gozaban de las frescuras del templo como si la vida no les corriera, con lo cual quedaba claro que su modus vivendi es el templo mismo; es decir, la memoria del Niño Fidencio…
Obviamente no les conviene la visita de quienes en apariencia gozan de cabal salud, Su desagrado lo hicieron sentir con los peores modales.
De regreso encontramos un letrero que nos sonó irónico: “Feliz viaje y deseamos que encontraran el alivio y la paz que buscaban”.
Suponer que Fidencio fue solo un chamán o un curandero desorientado, es tomar el tema demasiado a la ligera, pues la penetración que tuvo ese hombre en la mente popular, va mas allá de lo que se espera de un mero charlatán.
A pesar de que casi no sabía leer y escribir, y no haber creado un esquema ético y moral, a medio siglo de su muerte, continúa su veneración y persisten las peregrinaciones al lugar.
Cuando caminas por una carretera, ves el paisaje que te rodea, pero casi nunca estás consciente del material que soporta el camino. La tierra que está varios metros bajo tus pies es un elemento que escapa a tu consideración. Sin embargo ese mundo subterráneo existe; así como existe también, este pensamiento primitivo que da forma a los mitos y la religión, con esa interpretación arrancaban los discursos del Niño Fidencio.
Los elementos promovidos se consolidan con todas las creencias.
Ante ese conflicto, los católicos pensantes consideran una dualidad de las realidades del mundo. La verdad científica o de los sentidos, y la realidad de la religión.
Y para mantener ambos sistemas de pensamiento en armonía, éstos pensadores dan por sentado que los postulados doctrinales sirven para sostener un esquema social, y una maquinaria jerárquica encaminada a preservar las buenas costumbres y el orden establecido.
Esto sucedió en forma idéntica con la religión Romana antes de Cristo, cuando el panteísmo era visto por todos, como una farsa que había que preservar. (Excepto por Simaco y sus seguidores.)
Así, quienes vivimos en Nuevo Laredo, por ejemplo, estamos en una sociedad más o menos culta, (y mas o menos  dogmática y supersticiosa) no prestamos atención a las creencias de muchos mexicanos, quienes aceptan una simbiosis en la realidad del universo. En ellos, el mundo de los sentidos y el mundo de lo sobrenatural se mezclan de manera armónica y sin conflicto.
Por lo pronto, todo sigue tranquilo, no pasa nada.

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