Democratizar para transformar
Lunes, 30 de Julio de 2012 00:55
artículo
Arturo
Álvaro Flores
Al margen del cauce que pueda adoptar el impredecible escenario postelectoral hoy presente en el país, la energía social acumulada en éstos últimos meses, desencadenada a partir de la conformación del Movimiento Estudiantil #Yo Soy 132, apunta a promover el desarrollo de importantes procesos que inevitablemente se habrán de traducir en una evolución política, quizás sin precedentes.
La consolidación gradual de éste movimiento, como un gran colectivo estudiantil y popular, al que se han incorporado sectores significativos de la academia y la intelectualidad; así como la articulación con otras organizaciones sociales, campesinas, ciudadanas y sindicales, entre las que se encuentran el Sindicato Mexicano de Electricistas, la Coordinadora Nacional de Trabajadores de la Educación y el Frente de Pueblos en Defensa de la Tierra de San Salvador Atenco, permiten prever el advenimiento de etapas interesantes de activismo del que, hasta ahora, el radicalismo extremo aparece como descartado. La creatividad, el ingenio, la imaginación y el sentido de lo lúdico surgen como rasgos distintivos de ésta naciente etapa de convergencia política. Ese parece ser uno de sus activos más importantes.
En las más recientes reuniones deliberativas del movimiento estudiantil, tanto la realizada en San Salvador Atenco, como la Séptima Asamblea General Interuniversitaria, que tuvo lugar en el auditorio de la sección 18 del Sindicato Nacional de Trabajadores de la Educación en Morelia, Michoacán, se han reafirmado los planteamientos medulares: la democratización urgente de los medios de comunicación, con énfasis singular en el caso del duopolio televisivo; la reforma de los sistemas de salud y educación como prioridades para el desarrollo nacional.
Todo parece confirmar que la cohesión, capacidad organizativa, de convocatoria y movilización mostrada en la aún incipiente vida de éste movimiento, anticipan su fortalecimiento y expansión. Si bien hasta ahora por razones de su génesis, ha tenido como escenas predominantes la Ciudad de México y los estados del centro del país; la participación, en sus asambleas, de contingentes estudiantiles representativos de la mayor parte de las universidades e institutos de educación superior, tanto públicos como privados de la República demandan una pronta fase de descentralización. Un rasgos distintivo es la ausencia de liderazgos y su carácter de horizontalidad, tan poco conocida en la tradición política a la mexicana, es decir, en forma deliberativa e incluyente, todas la voces son escuchadas, así se construyen consensos que sustentan los acuerdos y las acciones a seguir.
Por lo pronto, el que las jornadas de movilización nacional convocadas desde la capital hayan producido sonoras réplicas en decenas de los más importantes centros urbanos del país, es señal inequívoca de su inminente crecimiento, pero principalmente de un proceso de concientización política sin parangón en amplios sectores de la sociedad mexicana. Podríamos aventurarnos a anticipar que la crisis de credibilidad que desde hace años predomina entre los partidos políticos, la decadencia del viejo régimen y el desencanto de la fallida transición a la democracia, que sólo devino en una estéril alternancia, además de la arrogancia de los poderes fácticos, asumidos como artífices de pueriles retrocesos al pasado de inmoralidad, autoritarismo y represión, contribuyeron a incubar éste abrupta despertar de conciencias.
Todas éstas circunstancias hacen evocar a Herbert Marcusse, filósofo alemán, perteneciente a la Escuela de Frankfurt, quien en “El hombre unidimensional”, su obra más importante, sostiene que los estudiantes y las masas obreras, constituyen dos baluartes fundamentales para impulsar las transformaciones necesarias para el mejoramiento de las sociedades, cuando se logra entre ambos una sinergia y cohesión determinadas.
Vale la pena ser optimista. No todo está tan mal en el horizonte de México. La acumulación de fuerzas sociales que está cobrando forma, potencializada por las redes sociales como nuevo ágora electrónica, rebasando a una clase política cuya descomposición es ya irreversible, trae consigo una renovación de esperanzas como preludio de un tiempo distinto. El emerger de un nuevo sujeto social a través de la inteligencia creativa, el pensamiento crítico y la acción política organizada y responsable, están comenzando a abrir derroteros cuyos signos bien podrían ser de una auténtica evolución en lo social y lo político. Esto apenas está comenzando.
























