Hace como 3 años que no me consentía con media docena de tacos sudados, con la salsa en el frasco atado a la bici y un Jarritos de tamarindo

Joaquín López-Dóriga (@lopezdoriga  I   Periodista

Nuevo Laredo Tamaulipas, México

México: ¡Campeón Olímpico de futbol!

plus ultra

Pérez
Ávila

En la aridez de la frontera norte, en los llanos deslumbrantes por una inclemente luz diurna, bajo un sol calcinante, todos practicábamos el béisbol, con los sueños infantiles y las propuestas adolescentes de alcanzar el nivel de los astros de las grandes ligas en USA.
Había espectadores situados a lo largo de los campos, en esos llanos, o cómodamente sentados en las gradas o en las butacas del remedo de estadio, donde jugaban los peloteros de “La Junta”, el único equipo mexicano que, con refuerzos de venezolanos o “cubanos blancos”, hacía recorridos por todo Estados Unidos, sosteniendo encuentros con quienes se ostentaban, con estricto apego a la justicia, como los mejores del mundo.
Fue precisamente en un encuentro con “Los Senadores” de Washington, donde mostró el esplendor artístico con el cual defendía la segunda base, José Luis “El Chile” Gómez, quien abandonó “La Junta” al aceptar el contrato que le ofrecieron para jugar en las Ligas Mayores.
Era el béisbol el deporte ideal de un país adicto, en ese entonces, a los circos de sangre, a los encuentros estoicos, al enfrentamiento del esteta y el burel.
Para el México de esa época, los grandes valores nacionales se daban en  las corridas de toros, en los encuentros pugilísticos, en el palenque con su grito espectacular “cierren las puertas señores”.
En este momento llega a mi memoria la pregunta de una hermosa joven damita de la mejor sociedad saltillence, por quien me buscó bronca su novio, en la dominical noche de la serenata pública: ¿Quién ganó, el toro o el león?
Mientras llamábamos la atención de las muchachas en Saltillo, por fuereños, no por bien parecidos, Encarnación Hernández Báez, su hermanastro Roberto, y Lorenzo Aguirre, y yo, en nuestro Nuevo Laredo, se ponía en práctica un circo con reminiscencias de romano, generado por una apuesta entre dos Cuco Peña y el dueño del circo.
El toro embistió a la fiera hiriéndolo en un costado. El León pudo incorporarse, lastimosamente. La multitud que llenaba la plaza, sentía lástima del animal sanguinario. Cuando el astado se revolvió para rematarlo, el llamado rey de la selva se le colgó del hocico, abriéndolo con sus garras. Los borbotones de sangre ahogaron al toro.
Rememoro todo esto, cuando predominaba el cerebral deporte, al cual llamó en un rapto de emoción el Mago Septién: “Su Majestad el Béisbol” porque como todo el país, como todo México, yo también  he contenido la respiración: ¡MÉXICO... CAMPEÓN OLÍMPICO DE FUTBOL...!
En una jugada fulgurante, se trepó el balompié azteca sobre la innegable categoría del juego carioca. No habían pasado 30 segundos, cuando el meteórico esférico cepillaba el césped; la grama, para decirlo con el dejo peninsular; para incrustarse en la meta brasileña. 
Lo demás, lo leerá usted hoy mismo.
Sin pretenciones, con franqueza norteña, se lo confieso: Sólo veo el futbol cuando juega el equipo representativo de nuestros colores, o incluyen en su once al Chicharito, los Ferguson del Manchester United.
Sé por las lecturas, no por las expectativas generadas por el conocimiento que se va adquiriendo presenciando el más universal de todos los juegos de conjunto que, los brasileños, se caracterizan por su genialidad individual, el gambeteo, su forma de capturar y deshacerse del balón...
Vi al equipo mexicano enfrentar el maravilloso talento carioca con una elegancia metódica de conjunto; con una mentalidad triunfadora, apuntalada por un convencimiento propio de invictos: A mí nadie me gana.
Culmino:
No es juego de palabras: Corona coronó a México.

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