Opinión
17 Mayo 2013
plus ultra
Pérez
Ávila
Imposible compararlo con Petronio, quizá el primer varón en la turbulenta génesis de la cristiandad, en llamar la atención por su buen gusto en la selección de sus atavíos, y sus mujeres. Sería absurdo colocarlo a la altura de Jorge Brummell, llamado “el bello”, por su apostura y su extremada exquisitez, así como por la elegancia en el vestir.
Petronio era instruido. Como preceptor de Nerón, gozaba de todos los privilegios conferidos a los patricios dela corte, mientras procuraba estar al margen de la crápula romana. Participó en una conjura magna. Al verse descubierto, optó por abrirse las venas, sumergido en aguas tibias.
Si con alguien si es posible comparar al ex gobernador de Tabasco, Andrés Granier Melo, es con la hermosa Imelda Marcos, quien conquistó el pueblo filipino con su carisma, simpatía e inteligencia, sucediendo en el poder al dictadorcito Ferdinando A. Marcos. Cuando hubo de tomar el barco que la conduciría al exilio político, se descubrió su más grande debilidad: los zapatos. Tenía decenas, centras, miles de zapatos carísimos.
Cuando leo la declaración del ex mandatario tabasqueño, Andrés Granier Melo, sospecho de inmediato que, no está, en ese momento, en sus cabales. Con la lengua suelta, más bien dicho, con la lengua desatada por las bebidas espirituosas que ha ingerido, le cuenta al entrevistador:
“Si, tengo en mi guardarropa mil camisas, de marca, 400 pantalones, 300 trajes, 400 pares de zapatos... Además, me empedo porque me siento bien, relajado, contento”.
Ante la interminable serie de abusos cometidos por políticos, medrando a la égida del poder, exhibiendo su desvergüenza y su inmoralidad, con parientes de toda laya, dándose vida de príncipes árabes en el extranjero, así como desafiando todas las reglas de urbanidad, en sus recorridos por centros gastronómicos y de distracción nocturna; ante tanto desmadre, uno sólo tiene como refugio, para evitar un estallido de iracundia, el ingenio oportuno y sarcástico del pueblo:
“Ya éramos muchos y se embarazó la abuela”.
Ante la confesión estólida del etílico político, uno no tiene forma de entenderlo. No es un actor de fama universal. No se sabe de ningún George Clooney, un Brad Pitt, un Luis Miguel, vamos, que pueda alardear de poseer tan enorme colección de camisas, trajes, calzado.
Si el borrachín suertudo, pudo alcanzar la gubernatura del edénico estado, debe tener algo a su favor, un factor ignorado por nosotros.
Inteligente no lo es. Bien parecido tampoco. El señor Granier Melo es un pendejo, que se encontró con pendejitos. Se tiene que ser bestialmente pendejo, para comprar tantísima vestidura superflua. Se necesita ser hiperpendejo para competir con Imelda Marcos, la cual era bonita, en el vicio de adquirir zapatos. Ni la doña, María Félix, llegó a tener tantos vestidos, como camisas y trajes tiene, el dipsómano lengua suelta tabasqueño.
Aún aceptando como ineluctable la grave advertencia de Eclesiastés: “Ninguna preeminencia tiene el hombre sobre la bestia; porque todo es vanidad”.
Enojado. Cínico. Escéptico. En el librito se agudiza la duda “¿qué provecho saca el hombre de todo el trabajo con que se afana debajo del sol”.
Eclesiastés es franco. Se hizo más sabio que los demás. También más rico. Llegó a la conclusión de que, todos sus esfuerzo, los realizaba por pura vanidad. El borrachín suertudo, ni siquiera es más erudito, ni tampoco más rico que los demás; pero no los necesita, para exhibir su penderrejez, en su alocado propósito de ser visto como un figurín, algo así como el feísimo Brummell a la mexicana o, la grotesca versión tabasqueña de Petronio.
Digámosle a Granier Melo con elegante gesticulación: ¡Qué asco!
























